Relatividad I
¿En qué preciso instante, en qué momento concreto del camino hacemos el paso hacia delante y nos convertimos en personas, iba a decir maduras pero rectifico y digo simplemente adultas?
Muchos son los momentos en que nos azota la nostalgia de recordarnos adolescentes, y suele ocurrir cada vez con más frecuencia cuando te mezclas, aunque sea como puro observador, entre ellos. Hoy ha sido un día de esos, tanta vitalidad, a su vez ignorancia aunque bien disimulada tras un aspecto de seguridad abrumadora que enternece. Es inevitable intentar trasladarse a ese momento e imaginarse mezclado entre ellos. Se hace como imposible intentar explicarles que un día, y no hace tanto, tú fuiste como ellos. Que calas a la legua el cabecilla, el rarito, la seductora o al empollón. Pero que simplemente optas por hacer como que no te enteras de nada porque seguramente tengas otras cosas en que pensar. Y ellos convencidos de que están a otro nivel, y quién sabe, quizá sea cierto… si no fuera porque a nosotros nos daba la misma sensación al ver las mismas reacciones.
Seguramente los recuerdos que conservo hayan sido algo adulterados con el tiempo, algunos momentos magnificados e idealizados. Cuando procuro recordar las emociones del momento recuerdo perfectamente las dudas, indecisiones y el buscar algún ideal firme donde agarrarme, aunque con cierto grado de banalidad. La banalidad la veo ahora, lógicamente ya que por entonces me parecía de lo más trascendente. La duda sigue visitándonos a estas alturas, y creo que no dejará de hacerlo el resto de la vida, aunque creo que ella va madurando con nosotros, madurando en el sentido de que crece con nosotros, se pone a la altura de las circunstancias. A la altura en el tiempo, no en importancia ya que una duda es siempre una duda.
Hoy, como decía, he compartido toda la mañana con una multitud de adolescentes, y por casualidades de la vida, por la noche, he visto una película de esas de adolescentes. La película es actual, e intenta reflejar la juventud de hoy, pero supongo que la juventud ha sido juventud desde siempre. Sí es cierto que cambia la estética, la forma, el lenguaje, pero siempre se abre paso de la misma manera. Cada vez me ocurre más a menudo que cuando veo una película de ese tipo me siento más identificado con la figura de los padres que en la de los adolescentes. Está claro que por edad me acerco más a los progenitores que a los vástagos, pero es algo que no deja de imponer de alguna forma. Y hace preguntarme precisamente eso, ¿en qué momento sucedió? No tengo respuesta a esa pregunta. Simplemente te pones en el papel de ellos e intentas imaginar la manera de acercarte, de comunicarte, de llegar a esas “personitas” que luchan por hacerse un hueco, para encontrar su sitio.
Sabiendo que por caprichos de la vida irán acercándose a ti a medida que vayan tropezando. A medida que se vayan desquebrajando sus fantásticos sueños y planes oníricos. Cuando sus amigos del alma con quien han compartido todo pasen a ser meros conocidos que apenas se saludan por la calle. Cuando los proyectos alocados y revolucionarios se vean poco a poco ahogados por la imposibilidad de realizarlos. Cuando ese amor “para toda la vida” que te convierte en una especie de oso amoroso danzando entre nubes un buen día simplemente desaparece.
Mientras tanto sus días pasan entre absurdas preocupaciones que para ellos son lo más grave del universo. Intentando encontrar una posición, un sitio donde se encuentren ubicados y aceptados sin perder su esencia. De encontrar esa persona que complazca sus necesidades emocionales y ocupe el hueco que sienten en el pecho. Con el temor de un futuro amenazador y terriblemente impredecible.
Me echo a reír porque si esa es una posible descripción de la adolescencia, aunque nos pese, nunca hemos de dejado de ser adolescentes y seguramente nuca dejaremos de serlo. Simplemente algún tipo de adolescentes caducados. ¿Cuándo la raza humana tendrá el privilegio de madurar? Quien sabe.



